Sobre La Sumisión De La Mujer En El Tango
por
Don Berry

Traduzcado por Giselda Ruiz




La riqueza del tango resie en el contraste; la interacción de los opuestos. Hay un continuo entretejer de ritmos lentos y ritmos rápidos; de movimientos lentos y fluídos y de vueltas cerradas; de movimientos de expansión y movimientos de contracción; de libertad y disciplina.

En un contraste, el tango es único entre los bailes - y éste es el contraste entre su sensualidad y la precisión de su geometría. Sensualidad y geometría con frecuencia no se conjugan en la estética. El poder creativo de este par de opuestos, la vitalidad generada por su interacción, se ven en el tango como en ningun otro baile. Y señalan directamente al par fundamental de opuestos que están siempre en el secreto corazón del tango - el hombre y la mujer.

Se dice con frecuencia que el hombre "domina" el tango y que el papel de la mujer es "sumiso". Hay verdad en ello - pero es una manera tan tosca y superficial de entender la relación entre el hombre y la mujer en el tango, que distorsiona el acto creativo que surge de ellos.

Ciertamente, el hombre crea el baile. De su propia sensibilidad a la música y a su compañera, el re-crea la historia del tango cada vez que sale a la pista de baile. Diferente a los bailes más rígidamente codificados, todo tango es un nuevo tango. Cada nueva paraja lo crea desde sus comienozos, de acuerdo con el momento, el tono, la música y su sentimiento interno - el estado del corazón.

Pero la misma razón por la que el hombre crea el baile es para evocar la belleza, la gracia, y el espíritu interno de la mujer, sin los cuales el tango es sólo geometría vacía. El evoca este espíritu femenino interno para su propio deleite, pero también para que la mujer pueda disfrutar de su propia femineidad. El crea la forma, y ella la llena de belleza. Esto es la experiencia compartida del tango.

Para hacerlo posible, la mujer no es sumisa, ella es sensible. Ella está en un estado de conciencia elevada, pendiente de los matices del compás y el ritmo, sensible no sólo a la música, sino a los sentimientos del hombre hacia ella y la músicam y la danza que él va creando desde esos sentimientos.

El arte de sequir en el tango, es al mismo tiempo más sutil y más misterioso que el de dirigir. Y cuando una mujer sigue, ella no es arrastrada como un ornitorrinco en una correa - ella sigue como la nube sigue al viento, y su arte es responder al hombre como la nube responde al viento.

Este estado de sensibilidad elevada no es exclusivamente una habilidad femenina de ningún modo. Es también el estado del cazador siguiendo la pista a un animal herido (es incluso el estado de un backfield de los L.A. Rams, y no recuerdo haber escuchado las palabras "sumiso" o "pasivo" en conexión con ésto). Pero en el tango es la mujer la que juega este papel.

En realidad la imágen de lo femenino que se evoca en el tango está en el polo opuesto a lo pasivo. Tiene la gama más grande de lo femenino de cualquier baile - en un momento ella está lánguidamente desmayada en sus brazos, en el siguiente exhibe un impertinente, descarado desafío/flirteo. El tango puede expresar una más amplia gama de lo femenino que cualquiero otro baile, y ésta es la fuente de su poder tanto para el hombre como para la mujer.

NOTAS SOBRE EL DIRIGIR EN EL TANGO:

Todas estas cosas tienen ciertas consecuencias prácticas en el tango y particularmente en el dirigir. En la vasta mayoría de los casos, la razón por la que una mujer no sigue es porque el hombre no está dirigiendo.

Primero y principal, cuando la mujer está verdaderamente siguiendo, y en un estado elevando de sensibilidad, ella puede facilmente aburrirse. Si ella siempre sabe lo que se viene, y con qué secuencia Ud. va a dirigir una cierta figura, ella pronto perderá la atención y comenzará a bailar sola. Tal vez ésto es aceptable en una demostración de baile, pero hay una gran diferencia entre demostrar el tango y bailar el tango.

Una demostración puede mostrar la forma del tango muy bien, pero pierde su corazón, que es el fluír de energía de momento a momento entre los bailarines, en el cual el resultado es un misterio y una aventura. En una demostración, el significado es para los expectadores; en un baile, el significado es sólo para los bailarines. Esto es el tango.

Es responsabilidad del hombre ser los suficientemente creativo como para mantener la atención de la mujer sobre el baile. Ella necesita sorpresas, un ocasional deleite inesperado, o se deslizará en una rutina de pasos memorizados, y el baile no será algo memorable para ninguno de los dos.

La implicación de esto para el que dirige es clara. El hombre tiene que saber lo que está haciendo, y hacerlo en forma decisiva, sin ambiguedades y sin dar señales confusas al respecto. El tango, como todas las artes, es una combinación de libertad y disciplina. Los bailarines no pueden disfrutar los beneficios de la libertad del tango hasta que no hayan dominado la disciplina del tango; específicamente, para el hombre, la disciplina de dirigir con certeza.

En el tango, particularmente, hay un valor de supervivencia en la certeza. Por ejemplo, cuando uno dirige la figura el gancho, uno debe ubicar el cuerpo de la mujer en forma exacta. De otra manera - uno recibirá una patada entre las piernas dada por un afilado taco de tres pulgadas que se mueve a una velocidad extremadamente alta. Esto no es bueno. Y en tal momento la idea que la mujer es "sumisa" en el tango ni siquiera se cruza por la mente de uno.

Podemos dejar de lado la descripción superficial del papel de la mujer en el tango como "pasivo". Pero también podemos recordar que hay una semilla de verdad en el cliché: el corazón del tango reside en el contraste de opuestos, y cuando más opuestos sean lo papeles jugados por el hombre y la mujer, más creativo será el baile. La sensualidad sola, es limitada. La geometría sola, es limitada. Pero juntas en una combinación libre y disciplinada, son ilimitadas.

En el mito del tango se dice que dos bailarines han muerto de una emoción arrolladora generada por el baile, una en Buenos Aires en 1912, y la otra en París en 1926. Ambas eran mujeres.



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